lunes, 16 de mayo de 2011

ELECCIONES PRESIDENCIALES 2011: IGNORANCIAS MÚLTIPLES EN EL PERÚ. Por Farid Kahhat

América y Política publicó el 5 de mayo en su sección de Análisis y Opinión, el extenso y bastante esclarecedor análisis titulado Elecciones presidenciales 2011: ignorancias múltiples en el Perú, sobre la tendencia del voto hacia Ollanta Humala realizado por Farid Kahhat, peruano, doctor en Relaciones Internacionales, Teoría Política y Política Comparada en la Universidad de Texas, Austin. Fue comentarista en temas internacionales de CNN en español, y actualmente es profesor del Departamento de Ciencias Sociales de la PUCP (Perú) y analista internacional. De lectura obligatoria:

La explicación del voto por Humala es, en realidad, bastante simple: en la región alto andina (donde ese candidato tiene su principal bastión electoral), la escasez de de oxígeno no permite que la sangre llegue al cerebro, lo cual nubla el buen juicio de sus pobladores. Tanto el escritor y periodista Jaime Bayly como el antiguo premier y reciente candidato Pedro Pablo Kuczynski esgrimieron alguna vez ese “argumento”. Tal vez no creían en él de forma literal, pero con seguridad ignoraban su raigambre evolucionista en el Perú de fines del siglo XIX, en donde otros peruanos prominentes recurrían a Darwin para explicar de manera “científica” la presunta inferioridad de la “raza” indígena.

Durante el primer tercio del siglo XX, algunos médicos inspirados tanto por la teoría de la evolución como por el movimiento indigenista, argumentarían a su vez que las agrestes circunstancias que imperan en los Andes habrían producido más bien una raza indómita, dotada de una fortaleza peculiar. Una “raza” (categoría en desuso dentro de la biología contemporánea) capaz de sobrevivir allí donde unos colonizadores sibaritas, provenientes de la Europa mediterránea, habrían sin duda perecido (no en vano fundaron la capital a orillas del mar). Sea que fuera estigmatizado o idealizado, el “indio” solía aparecer como objeto pasivo de estudio. Tal vez por eso cuando décadas después los antropólogos se internaron en los Andes en su búsqueda, descubrieron que lo “indio” era una categoría elusiva y evanescente: era la pluma que la mayoría soplaba hacia el vecino, una identidad social que pocos querían encarnar.

Pero incluso asumiendo que el poblador de los andes padezca de un grado de, digamos, “ignorancia” superior a la media, hoy en día existirían explicaciones para ello más plausibles que la altitud. Sabemos por ejemplo que un niño que padeció desnutrición crónica en los primeros años de vida probablemente nunca desarrolle una inteligencia normal. Y es probable también que ese niño abandone la escuela a temprana edad para trabajar. De cualquier modo, sin importar cuán ignorante sea, sabrá al menos que lleva una vida plagada de privaciones. Y sólo le bastaría un nivel elemental de lectura para vivir la paradoja macabra de toparse con un cartel gubernamental que proclama solemne “El Perú Avanza”, mientras marcha hacia el entierro del algún compañero muerto como producto del “Friaje”: un fenómeno climático que se produce cada año en la misma región y en la misma época, por lo que sus efectos deberían ser no sólo previsibles, sino además prevenibles.

Nada de lo cual niega que buena parte del Perú efectivamente avanza, que la pobreza ha disminuido de forma significativa en la última década, y que incluso se ha reducido la desigualdad en la distribución del ingreso (medida por el coeficiente de Gini): no en vano una mayoría absoluta de ciudadanos revela en las encuestas su deseo de mantener el modelo de economía de mercado abierta al exterior. Así que la descripción anterior se refiere a un segmento de la población minoritario. Minoritario, pero no insignificante: dada la fragmentación electoral que prevalece en el Perú, es suficientemente grande como para colocar a un candidato en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Y no queda claro por qué para ese segmento de la población el bienestar ajeno deba representar mayor consuelo, cuando sus expectativas de acceder a él se ven frustradas en forma reiterada.

Sumemos a lo anterior algunas premisas adicionales. Primero, que dentro de una oferta electoral monocorde sólo un candidato parecía poner énfasis en la necesidad de políticas redistributivas. El propio presidente García puso en forma involuntaria el dedo en la llaga cuando sostuvo en público que, de los cinco candidatos presidenciales con posibilidades de éxito, sólo uno podía poner en riesgo la continuidad del modelo económico. Segundo, ese candidato es al que detestan y temen todos aquellos que los agravian de manera regular (por ejemplo, llamándolos “Electarado”, o cosas bastante peores). Es además el único candidato con posibilidades de éxito que jamás estuvo involucrado en gobierno alguno (y al que, por ende, tendría más sentido conceder el beneficio de la duda).

Si, por último, la mayoría de los votantes en las zonas alto andinas deciden concederle a un candidato así su voto, tal elección no sería producto de un bajo coeficiente intelectual o de una escasa educación: parece más bien una opción racional dados sus intereses materiales y la información a su alcance. Incluso si ese candidato perdiera, habrían empleado de manera eficaz su única oportunidad en años para hacer oír su voz dentro del sistema político. Lo cual a su vez podría inducir a las élites que lo controlan a preguntarse qué podrían hacer para evitar nuevos sobresaltos en el futuro.

No es casual, por ejemplo, que cuando Humala perdió por un estrecho margen la elección presidencial de 2006, la siguiente Conferencia Anual de Ejecutivos (realizada con presencia del nuevo presidente, Alan García), versara sobre un tema inusual para ese foro: la “Inclusión Social”.

Pero esa lógica tan simple sigue eludiendo la comprensión de buena parte de esas élites, las que en segunda vuelta han añadido al argumento de la ignorancia el del “resentimiento social” como explicación de las tendencias electorales. Así, según el director de un influyente diario limeño, “El respaldo a Humala es un voto ponzoñoso, con odio y resentimiento, de ganas de joder a quienes les está yendo bien para que nos igualemos hacia abajo (…) un voto que rechaza la modernidad cosmopolita”.

¿Qué tan verosímil es ese argumento? La respuesta depende no sólo de la existencia del mentado “resentimiento”, sino además de su motivación. En cuanto a su existencia, según una encuesta llevada a cabo unos años atrás por el PNUD, 67,2% de los peruanos creía que los ricos no lo eran por mérito propio. Si bien de repetirse la encuesta hoy esa cifra sería menor, probablemente seguiría siendo suficientemente elevada como para ser inquietante. Lo cual nos lleva al tema de la motivación: ¿hay razones para pensar que en el Perú la riqueza no siempre se adquiere por mérito propio? Según parece, sí.

Por ejemplo la movilidad social es baja comparada con algunos estándares internacionales, cosa habitual en países sumamente desiguales (y todos los países de América Latina son más desiguales que el promedio mundial). En este punto, los presuntos ignorantes (amén de resentidos) reciben el espaldarazo de un presunto liberal que apoya la candidatura de Keiko Fujimori: Hernando de Soto. El término “mercantilista”, tan recurrente en su obra, se refiere en buena cuenta a los empresarios que obtienen beneficios no de la competencia en el mercado, sino del favor político.

De cualquier modo, la práctica de medir el bienestar propio en términos relativos no parece restringirse a los “resentidos”, presuntos o reales. En un experimento se le dio a un grupo de entrevistados la posibilidad de elegir entre dos opciones: ganar US$50.000 al año mientras los demás ganan en promedio US$25.000, o ganar US$100.000 al año, mientras los demás ganan en promedio US$200.000. Pese a obtener en el segundo escenario un ingreso que duplicaba el que obtendrían en el primero, la mayoría eligió este último: es decir, ganar menos en términos absolutos, pero ganar más que el prójimo. Y como los niveles de ingreso sugieren, los entrevistados no eran peruanos: eran estudiantes de posgrado de la universidad de Harvard. No queda claro contra quién pudieran tener resentimiento quienes viven ya en el pináculo de la estratificación social estadounidense. La otra posibilidad es que el “resentimiento” trascienda los Andes, y sea siempre un rasgo potencial de nuestra especie.

Por último, hagamos algo osado entre los círculos antes mencionados, y en lugar de especular sobre las motivaciones de los demás, consultémosles: ¿qué dicen las encuestas de opinión sobre las razones del voto por Ollanta Humala? Nos dicen, en primer lugar, que no son muy distintas de las razones para votar por Keiko Fujimori, y en segundo lugar, que no son tan dantescas como sugiere la cita de marras.

En palabras del director de la principal empresa encuestadora del país, en una columna para el diario “El Comercio”: “Entre las razones del voto por ambos candidatos, así como en el señalamiento de sus propuestas más atractivas, se aprecia un coincidente reclamo por un rol más eficaz del Estado en la defensa de la seguridad ciudadana y en la lucha contra la pobreza. Las propuestas relativas a la continuidad o el cambio del modelo económico son relevantes solo para una minoría”.

No parece pues que lo que será el voto en segunda vuelta de alrededor de la mitad de los peruanos se explique por la ignorancia o el resentimiento. ¿Cómo explicar entonces la persistencia de ese prejuicio? Quienes creen en él parecen haber desarrollado la capacidad de vivir en la contradicción sin angustiarse por ello, sus mentes pueden albergar simultáneamente los conceptos de gestión empresarial del siglo XXI y los prejuicios raciales del siglo XIX: es decir, el individuo posmoderno por antonomasia. Y, como nos recuerda la literatura del ramo, la posmoderna es una cultura caracterizada por la fluidez y la plasticidad. Una cultura que hace posible, por ejemplo, que un individuo se crea cosmopolita mientras vive con la cabeza metida en el trasero, confundiendo su colon con el cosmos.

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